Cuadro de Ignacio Echeverría obra de la pintora Marta Salinas, expuesto en la parroquia de Nuestra Señora de la Visitación (Las Rozas). Imagen inédita cedida en exclusiva a El Interlineado por la familia Echeverría.
Joaquín Echeverría, padre de Ignacio —el ‘héroe del monopatín’—, repasa en El Interlineado el legado humano de su hijo y reflexiona, desde la serenidad, sobre la desmoralización de nuestra sociedad y el papel de las instituciones.
A lo largo de la historia, ha habido apellidos que, por fuerza del destino, dejan de representar a una familia para elevarse a un plano superior; renunciando a subtitular exclusivamente un nombre para convertirse en el símbolo de una causa noble. Entre ellos se encuentra el apellido Echeverría, símbolo de bondad, pero también de valor. Ignacio dio su vida sin dudarlo un instante por ayudar a quien se encontraba indefenso, arremetiendo con lo que tenía a mano contra la barbarie del Estado Islámico.
Pero es necesario recordar que, más allá del legado del «héroe del monopatín», Ignacio también dejó el vacío y la ausencia de su partida. Ante ello, Joaquín, su padre, ha demostrado una fortaleza envidiable. Lejos de dejarse vencer por el dolor o por el rencor, decidió asumir la responsabilidad de ser la voz de la conciencia, luchando por mantener vivo aquel sacrificio tan noble.
Para mí es un auténtico honor poder ser hoy quien entreviste a Joaquín, una voz imprescindible para entender el valor del coraje cívico en nuestros tiempos.
Jaime Zapico: Don Joaquín, se ha hablado mucho del «héroe del monopatín», pero a veces el símbolo tapa a la persona. Para empezar, me gustaría ir a la raíz, a lo cotidiano. ¿Cómo se comportaba alguien tan excepcional como él en lo ordinario del día a día? ¿Esa integridad era algo que ya demostraba en las pequeñas cosas antes de tener que demostrarla en las grandes?
Joaquín Echeverría: Ignacio era una persona normal, de buena conducta, con un gran afán de hacer las cosas bien y de portarse bien. Se esforzaba en los estudios, en las aficiones y en las actividades en general. Era alegre y afable, y tenía una gran capacidad de ver los problemas que sufrían los demás e interesarse por ellos de una forma muy activa.
Sin embargo, era intransigente con las cosas que le parecían inaceptables, vinieran de donde vinieran.
J.Z: Hay un dato que a veces pasa desapercibido pero que me parece una ironía del destino: Ignacio trabajaba en el banco HSBC como analista de prevención de blanqueo de capitales, una función clave para cortar la financiación del terrorismo. Es decir, dedicaba su vida profesional a combatir el mal desde una oficina y acabó entregándola peleando cuerpo a cuerpo en la calle contra ese mismo mal.
¿Cree que su hijo ya sabía, mucho antes de aquel 3 de junio de 2017, que su compromiso con lo correcto no se detendría ante ningún obstáculo?
J.E: Ignacio tenía muy arraigada su repulsa al terrorismo, a la violencia y al abuso. A lo largo de su vida medió en muchos conflictos; sin embargo, en materia de terrorismo, recuerdo que con unos 18 años un día me dijo que se cambiaría el apellido para no apellidarse como los terroristas [de ETA], aunque le di argumentos para que abandonara esa idea.
Por otro lado, días antes de morir, hablando del atentado en Westminster donde falleció un policía acuchillado, él manifestó: «Si yo hubiera estado ese día en Westminster patinando, ese policía estaría vivo».
Yo creo que esa afirmación moldeó su mente para saber qué tenía que hacer cuando presenció el atentado en el que murió.
J.Z: Personalmente, me da pena sentir que a día de hoy vivimos en la sociedad del espectador en la cual, ante una desgracia, la mayoría de la gente saca el móvil para grabar antes que ayudar. Ignacio rompió ese canon tan injusto y se lanzó a defender a completos desconocidos, los cuales ni siquiera eran compatriotas suyos. ¿Cree que nos hemos vuelto una sociedad cobarde que ha delegado tanto nuestra protección en el Estado que hemos olvidado nuestro deber individual de protegernos los unos a los otros?
J.E: Esta sociedad que se ha dado en llamar la sociedad del bienestar nos deja la mayor parte de las cosas resueltas, o creemos tenerlas resueltas, con lo cual no tenemos un gran compromiso por actuar en casos extremos. Tenemos la sensación de que hay un ente superior, voy a llamarlo ‘Papá Estado’, que nos debe dar todo resuelto.
Sin embargo, hemos visto en casos extremos ejemplos de solidaridad de personas que ven que sin su actuación la ayuda no va a llegar. Recordemos el caso reciente del accidente de los trenes y la reacción del pueblo de Adamuz, o el socorro por parte de muchos voluntarios.
En el caso de las inundaciones de Valencia, se acuñó la frase ‘el pueblo salva al pueblo’, cuando el presidente del Gobierno se permitió decir: ‘Si quieren ayuda, que la pidan’.
J.Z: Don Joaquín, usted no se ha limitado a vivir su duelo en privado. Ha dado un paso al frente para convertirse en una voz autorizada en defensa de todas las víctimas del terrorismo. Durante los últimos años hemos asistido a un blanqueamiento sistemático de los herederos de la banda terrorista ETA. Unos terroristas que tenían en su punto de mira principalmente a agentes de la autoridad; héroes que, al igual que su hijo, trataban de hacer del mundo un lugar mejor.
Cuando ve que Bildu es socio preferente del Gobierno y que se normaliza su presencia en las instituciones sin una condena ética real de su pasado, ¿siente que, aunque derrotamos al terrorismo policialmente, estamos perdiendo la batalla moral frente a quienes lo justificaron?
J.E: No me siento con ninguna autoridad moral para dogmatizar, y mi conocimiento de derecho es muy limitado, pero pienso que nuestro sistema político prima a minorías independentistas que pueden extorsionar al Gobierno de la nación. Por otro lado, hay ciudadanos de territorios en los que existen privilegios, con lo cual son un sumidero de dinero que va de toda España a esos lugares, y eso radicaliza a esos ciudadanos para intentar, de manera egoísta, tener privilegios aún mayores.
A esto sumarle que tenemos un Gobierno que nace de unas primarias muy turbias; una banda de indocumentados. Y no es que no tengan documentos, es que no tienen ni idea de nada que no sea el afán de enriquecerse. Son capaces de vender cualquier derecho de todos los españoles para mantenerse en el poder y lucrarse.
Esa voluntad de satisfacer a los separatistas dándoles la custodia de los asesinos nos sitúa en el escenario actual: los terroristas están en la calle sin haber cumplido las condenas, sin haberse arrepentido, sin haber colaborado con la justicia y además, con privilegios económicos. En esta materia todo es una sinrazón.
J.Z: Siguiendo con este tema, como estudiante de Derecho me preocupa profundamente la ingeniería legislativa llevada a cabo desde el poder político.
Nosotros, como ciudadanos comunes, hemos sido testigos de una doble perversión de la memoria de las víctimas: por un lado, la reciente reforma de la Ley Orgánica 7/2014, introducida mediante una maniobra opaca que llevó al Parlamento a votarla por unanimidad bajo engaño, y que permite descontar penas cumplidas en Francia, adelantando excarcelaciones; y por otro, el traspaso de competencias penitenciarias al País Vasco en 2021, que facilita la concesión de terceros grados.
¿Siente que se están utilizando los recursos del Estado para vaciar de contenido las sentencias judiciales y pagar favores políticos? ¿Cómo cree que juzgará la historia estas maniobras?
J.E: En el punto anterior ya me refería a esa perversión del Derecho. Insisto en que no soy un entendido, pero es muy burdo el procedimiento que se usa para privilegiar a los asesinos terroristas tras todo el daño que han hecho. Provocaron un éxodo de ciudadanos decentes que ya no votan en esos territorios.
Están dando una vuelta de tuerca más en la desmoralización de los ciudadanos decentes, cuando éstos ven cómo el Gobierno del País Vasco privilegia el asesinato y a los asesinos.
Yo quiero pensar que la historia pondrá en su lugar a cada uno, y supongo que tengo razón al enjuiciar dónde está cada uno. Aunque la historia a veces es muy injusta, porque los movimientos propagandistas desmoralizantes la cambian, véase “la leyenda negra” y la injusticia con la que se relata la civilización de la América Hispana y su cristianización por parte de los españoles.
J.Z: Dejemos a un lado la política y la gestión del Estado para volver a lo humano. En estos años, Ignacio ha recibido los máximos honores de Estado, la George Medal británica e incluso se ha abierto su causa de canonización. Pero imagino que, entre tantas medallas y reconocimientos oficiales, habrá habido gestos más pequeños, anónimos, de gente de a pie.
De todo lo vivido durante estos ya casi nueve años, ¿cuál ha sido el homenaje o la carta que más le ha llegado al corazón? ¿Hubo algún momento concreto en el que pensara: «El mensaje de mi hijo realmente ha calado en la sociedad»?
J.E: Hace menos de un mes, una niña hizo una ficha de un libro para su colegio. Eligió como libro: “Así Era Mi Hijo Ignacio, el héroe del monopatín”. Si para una niña de 11 años ese es su libro, el recuerdo de Ignacio tiene futuro.
J.Z: Para terminar, don Joaquín. Tengo 19 años, la misma edad que muchos chicos que hoy están forjando su carácter y que, seguramente, nunca tendrán la oportunidad de demostrar heroísmo en una situación tan crítica. Sin embargo, estoy convencido de que todos podemos sacar un aprendizaje vital de una persona como su hijo. Si tuviera que darnos un solo consejo, una sola lección que usted haya aprendido de la vida de Ignacio para no perder el rumbo en este mundo tan convulso, ¿cuál sería?
J.E: Respetaos a vosotros mismos y respetad de la misma manera a los demás. Haced un gran esfuerzo en capacitaros humana y profesionalmente para ser útiles a la sociedad. Usad esas capacidades para que esta sociedad sea mejor para todos.
