Autor: Jaime Zapico Lombardía

  • “Tenemos un ‘Papá Estado’ que nos da todo resuelto y nos quita el compromiso de actuar”

    “Tenemos un ‘Papá Estado’ que nos da todo resuelto y nos quita el compromiso de actuar”

    Cuadro de Ignacio Echeverría obra de la pintora Marta Salinas, expuesto en la parroquia de Nuestra Señora de la Visitación (Las Rozas). Imagen inédita cedida en exclusiva a El Interlineado por la familia Echeverría.

    Joaquín Echeverría, padre de Ignacio —el ‘héroe del monopatín’—, repasa en El Interlineado el legado humano de su hijo y reflexiona, desde la serenidad, sobre la desmoralización de nuestra sociedad y el papel de las instituciones.

    A lo largo de la historia, ha habido apellidos que, por fuerza del destino, dejan de representar a una familia para elevarse a un plano superior; renunciando a subtitular exclusivamente un nombre para convertirse en el símbolo de una causa noble. Entre ellos se encuentra el apellido Echeverría, símbolo de bondad, pero también de valor. Ignacio dio su vida sin dudarlo un instante por ayudar a quien se encontraba indefenso, arremetiendo con lo que tenía a mano contra la barbarie del Estado Islámico. 

    Pero es necesario recordar que, más allá del legado del «héroe del monopatín», Ignacio también dejó el vacío y la ausencia de su partida. Ante ello, Joaquín, su padre, ha demostrado una fortaleza envidiable. Lejos de dejarse vencer por el dolor o por el rencor, decidió asumir la responsabilidad de ser la voz de la conciencia, luchando por mantener vivo aquel sacrificio tan noble.

    Para mí es un auténtico honor poder ser hoy quien entreviste a Joaquín, una voz imprescindible para entender el valor del coraje cívico en nuestros tiempos.

    Jaime Zapico: Don Joaquín, se ha hablado mucho del «héroe del monopatín», pero a veces el símbolo tapa a la persona. Para empezar, me gustaría ir a la raíz, a lo cotidiano. ¿Cómo se comportaba alguien tan excepcional como él en lo ordinario del día a día? ¿Esa integridad era algo que ya demostraba en las pequeñas cosas antes de tener que demostrarla en las grandes?

    Joaquín Echeverría: Ignacio era una persona normal, de buena conducta, con un gran afán de hacer las cosas bien y de portarse bien. Se esforzaba en los estudios, en las aficiones y en las actividades en general. Era alegre y afable, y tenía una gran capacidad de ver los problemas que sufrían los demás e interesarse por ellos de una forma muy activa.

    Sin embargo, era intransigente con las cosas que le parecían inaceptables, vinieran de donde vinieran.

    J.Z: Hay un dato que a veces pasa desapercibido pero que me parece una ironía del destino: Ignacio trabajaba en el banco HSBC como analista de prevención de blanqueo de capitales, una función clave para cortar la financiación del terrorismo. Es decir, dedicaba su vida profesional a combatir el mal desde una oficina y acabó entregándola peleando cuerpo a cuerpo en la calle contra ese mismo mal. 

    ¿Cree que su hijo ya sabía, mucho antes de aquel 3 de junio de 2017, que su compromiso con lo correcto no se detendría ante ningún obstáculo?

    J.E: Ignacio tenía muy arraigada su repulsa al terrorismo, a la violencia y al abuso. A lo largo de su vida medió en muchos conflictos; sin embargo, en materia de terrorismo, recuerdo que con unos 18 años un día me dijo que se cambiaría el apellido para no apellidarse como los terroristas [de ETA], aunque le di argumentos para que abandonara esa idea.

    Por otro lado, días antes de morir, hablando del atentado en Westminster donde falleció un policía acuchillado, él manifestó: «Si yo hubiera estado ese día en Westminster patinando, ese policía estaría vivo».

    Yo creo que esa afirmación moldeó su mente para saber qué tenía que hacer cuando presenció el atentado en el que murió.

    J.Z: Personalmente, me da pena sentir que a día de hoy vivimos en la sociedad del espectador en la cual, ante una desgracia, la mayoría de la gente saca el móvil para grabar antes que ayudar. Ignacio rompió ese canon tan injusto y se lanzó a defender a completos desconocidos, los cuales ni siquiera eran compatriotas suyos. ¿Cree que nos hemos vuelto una sociedad cobarde que ha delegado tanto nuestra protección en el Estado que hemos olvidado nuestro deber individual de protegernos los unos a los otros?

    J.E: Esta sociedad que se ha dado en llamar la sociedad del bienestar nos deja la mayor parte de las cosas resueltas, o creemos tenerlas resueltas, con lo cual no tenemos un gran compromiso por actuar en casos extremos. Tenemos la sensación de que hay un ente superior, voy a llamarlo ‘Papá Estado’, que nos debe dar todo resuelto.

    Sin embargo, hemos visto en casos extremos ejemplos de solidaridad de personas que ven que sin su actuación la ayuda no va a llegar. Recordemos el caso reciente del accidente de los trenes y la reacción del pueblo de Adamuz, o el socorro por parte de muchos voluntarios.

    En el caso de las inundaciones de Valencia, se acuñó la frase ‘el pueblo salva al pueblo’, cuando el presidente del Gobierno se permitió decir: ‘Si quieren ayuda, que la pidan’.

    J.Z: Don Joaquín, usted no se ha limitado a vivir su duelo en privado. Ha dado un paso al frente para convertirse en una voz autorizada en defensa de todas las víctimas del terrorismo. Durante los últimos años hemos asistido a un blanqueamiento sistemático de los herederos de la banda terrorista ETA. Unos terroristas que tenían en su punto de mira principalmente a agentes de la autoridad; héroes que, al igual que su hijo, trataban de hacer del mundo un lugar mejor.

    Cuando ve que Bildu es socio preferente del Gobierno y que se normaliza su presencia en las instituciones sin una condena ética real de su pasado, ¿siente que, aunque derrotamos al terrorismo policialmente, estamos perdiendo la batalla moral frente a quienes lo justificaron?

    J.E: No me siento con ninguna autoridad moral para dogmatizar, y mi conocimiento de derecho es muy limitado, pero pienso que nuestro sistema político prima a minorías independentistas que pueden extorsionar al Gobierno de la nación. Por otro lado, hay ciudadanos de territorios en los que existen privilegios, con lo cual son un sumidero de dinero que va de toda España a esos lugares, y eso radicaliza a esos ciudadanos para intentar, de manera egoísta, tener privilegios aún mayores.

    A esto sumarle que tenemos un Gobierno que nace de unas primarias muy turbias; una banda de indocumentados. Y no es que no tengan documentos, es que no tienen ni idea de nada que no sea el afán de enriquecerse. Son capaces de vender cualquier derecho de todos los españoles para mantenerse en el poder y lucrarse.

    Esa voluntad de satisfacer a los separatistas dándoles la custodia de los asesinos nos sitúa en el escenario actual: los terroristas están en la calle sin haber cumplido las condenas, sin haberse arrepentido, sin haber colaborado con la justicia y además, con privilegios económicos. En esta materia todo es una sinrazón.

    J.Z: Siguiendo con este tema, como estudiante de Derecho me preocupa profundamente la ingeniería legislativa llevada a cabo desde el poder político. 

    Nosotros, como ciudadanos comunes, hemos sido testigos de una doble perversión de la memoria de las víctimas: por un lado, la reciente reforma de la Ley Orgánica 7/2014, introducida mediante una maniobra opaca que llevó al Parlamento a votarla por unanimidad bajo engaño, y que permite descontar penas cumplidas en Francia, adelantando excarcelaciones; y por otro, el traspaso de competencias penitenciarias al País Vasco en 2021, que facilita la concesión de terceros grados. 

    ¿Siente que se están utilizando los recursos del Estado para vaciar de contenido las sentencias judiciales y pagar favores políticos? ¿Cómo cree que juzgará la historia estas maniobras?

    J.E: En el punto anterior ya me refería a esa perversión del Derecho. Insisto en que no soy un entendido, pero es muy burdo el procedimiento que se usa para privilegiar a los asesinos terroristas tras todo el daño que han hecho. Provocaron un éxodo de ciudadanos decentes que ya no votan en esos territorios. 

    Están dando una vuelta de tuerca más en la desmoralización de los ciudadanos decentes, cuando éstos ven cómo el Gobierno del País Vasco privilegia el asesinato y a los asesinos.

    Yo quiero pensar que la historia pondrá en su lugar a cada uno, y supongo que tengo razón al enjuiciar dónde está cada uno. Aunque la historia a veces es muy injusta, porque los movimientos propagandistas desmoralizantes la cambian, véase “la leyenda negra” y la injusticia con la que se relata la civilización de la América Hispana y su cristianización por parte de los españoles. 

    J.Z: Dejemos a un lado la política y la gestión del Estado para volver a lo humano. En estos años, Ignacio ha recibido los máximos honores de Estado, la George Medal británica e incluso se ha abierto su causa de canonización. Pero imagino que, entre tantas medallas y reconocimientos oficiales, habrá habido gestos más pequeños, anónimos, de gente de a pie.

    De todo lo vivido durante estos ya casi nueve años, ¿cuál ha sido el homenaje o la carta que más le ha llegado al corazón? ¿Hubo algún momento concreto en el que pensara: «El mensaje de mi hijo realmente ha calado en la sociedad»?

    J.E: Hace menos de un mes, una niña hizo una ficha de un libro para su colegio. Eligió como libro: “Así Era Mi Hijo Ignacio, el héroe del monopatín”. Si para una niña de 11 años ese es su libro, el recuerdo de Ignacio tiene futuro.

    J.Z: Para terminar, don Joaquín. Tengo 19 años, la misma edad que muchos chicos que hoy están forjando su carácter y que, seguramente, nunca tendrán la oportunidad de demostrar heroísmo en una situación tan crítica. Sin embargo, estoy convencido de que todos podemos sacar un aprendizaje vital de una persona como su hijo. Si tuviera que darnos un solo consejo, una sola lección que usted haya aprendido de la vida de Ignacio para no perder el rumbo en este mundo tan convulso, ¿cuál sería?

    J.E: Respetaos a vosotros mismos y respetad de la misma manera a los demás. Haced un gran esfuerzo en capacitaros humana y profesionalmente para ser útiles a la sociedad. Usad esas capacidades para que esta sociedad sea mejor para todos.

  • ¿LECrim a medida?

    ¿LECrim a medida?

    El artículo 762.2: la llave maestra oculta en la reforma para convertir un dictamen no vinculante en una absolución firme.

    Es innegable que el Proyecto de Reforma de La ley de Enjuiciamiento Criminal (LECrim), conocida vulgarmente como Ley Begoña o Ley Bolaños, ha sido una de las propuestas más polémicas debido al contexto político en el que nació, siendo el centro del debate el traspaso de la competencia de instrucción del Juez al Fiscal. Sin embargo, resulta que este punto no es el único bajo sospecha de estar redactado ad hoc para salvar a alguien del entorno socialista. 

    El proyecto de ley ha vuelto a ser discusión a raíz de una noticia de El Debate la cual rezaba así: “Bolaños cuela una trampa en la reforma de la Fiscalía para revisar sentencias penales como la que inhabilitó a Baltasar Garzón”. Haciendo honor al nombre de El Interlineado, he querido ir más allá del titular para examinar la letra pequeña. Durante los últimos días, he revisado a fondo la inhabilitación del exjuez para determinar qué alcance real tendría esta ley de cara a una posible anulación de su condena. Es por eso que primero es necesario regresar a la sucesión de los hechos para, ley en mano, pasar a analizar si la reforma podría ser aplicable al caso.

    En febrero de 2009, el juez Garzón ordenó la detención de varias personas involucradas en la Trama Gürtel a raíz de las investigaciones que se llevaban realizando en máximo secreto desde el 2007, decretando la prisión provisional sin fianza para tres de ellos: Pablo Crespo, Antoine Sánchez y Francisco Correa, dejando a su vez en libertad con cargos a otros como Álvaro Pérez ‘El Bigotes’ o el constructor José Luis Ulibarri. Es en este momento cuando, tan solo una semana después del ingreso en prisión de los tres cabecillas de la organización, Garzón dictaría la resolución que supuso la lapidación de su carrera como juez.

    En aquel polémico auto, ordenó grabar todas las comunicaciones de los detenidos, incluidas las que mantuvieron con los letrados defensores, con la justificación de que los abogados no estaban ejerciendo en pro de su defensa, sino que estarían sirviendo como enlaces de la trama con el fin de ocultar pruebas y mover el dinero. Para ello se apoyó en el artículo 51.2 de la Ley General Penitenciaria, la cual contempla un supuesto concreto en el cual el Juez instructor puede suspender o intervenir las comunicaciones de los internos con sus abogados. El problema nace de que este punto solo contempla esta posibilidad en supuestos de terrorismo, no de organización criminal, por lo que la necesidad de evitar la reiteración delictiva respecto al blanqueo de capitales no estaba contemplada dentro de este artículo. 

    Durante los siguientes ocho meses, a la vez que sucedían las visitas de familiares y abogados, todas las conversaciones fueron recopiladas por la policía y guardadas como prueba de cara al juicio principal de la trama. Cuál fue la sorpresa de la defensa cuando el 6 de octubre, tras levantarse el secreto de sumario, y recibir toda la información de cara a preparar el pleito, se encontraron con una transcripción literal de las comunicaciones abogado-cliente de los tres individuos.

    A raíz de este suceso, la defensa comenzó a preparar los escritos para exigir la nulidad de esas grabaciones como prueba y a preparar una querella criminal contra el propio juez, con el abogado de Ulibarri, Ignacio Peláez, a la cabeza. Lo que hacía especial a este último es que al ser abogado de una persona que ni siquiera se encontraba en prisión y que solo acudía a la cárcel para hacer su trabajo, coordinar la defensa de los imputados en la trama, su testimonio tenía más fuerza que el de otros que sí estaban bajo sospecha de estar llevando a cabo actividades delictivas. 

    La cuestión es que efectivamente, Garzón no andaba desencaminado, como se demostró años después, en sus sospechas acerca de algunos abogados defensores. El problema radica en que cometió un atajo ilegal de manera consciente: si tenía indicios previos a las grabaciones de que dichos abogados pertenecían a la organización criminal, era su deber imputarlos y apartarlos del caso para que los acusados pudieran buscar una defensa limpia. Además, aunque efectivamente la ley le hubiese amparado en este sentido, no podía ordenar escuchas de manera indiscriminada para todos los abogados, estuviesen bajo sospecha o no.

    Sin embargo, decidió convertir la relación confidencial abogado-cliente en fuente de información policial, haciendo que el caso de la Gürtel estuviese a punto de descarrilar por la nulidad de las pruebas. Si esto no es suficientemente grave, Garzón ordenó prorrogar las escuchas en marzo, días antes de verse obligado a pasar el caso al Tribunal Superior de Justicia, por haber encontrado indicios delictivos en contra de aforados como Luis Bárcenas.

    Garzón fue imputado en el año 2010 y condenado, sin que ningún magistrado emitiese voto particular, en febrero de 2012 por prevaricación dolosa, conforme al artículo 446.3 y al art. 536 del Código Penal, a once años de inhabilitación y a la expulsión inmediata de la carrera judicial. Al ser juzgado por el Supremo, por su condición de aforado, fue directamente condenado en firme, por lo que no pudo recurrir la sentencia.

    A partir de ese momento, no se quedaría quieto en absoluto, tras esta resolución, acudió al Tribunal Constitucional, alegando una falta de taxatividad en la Ley General Penitenciaria, ya que no había ninguna norma que prohibiese grabar a abogados en casos de crimen organizado, sino que solo especificaba casos de terrorismo, apoyándose en el articulo 25.1 de la Constitución Española

    A su vez, invocó el art. 24 CE, el cual sostiene que toda persona tiene derecho a una tutela judicial efectiva. Este artículo no solo garantiza tener un juicio justo, sino una resolución fundada en derecho, lógica y no arbitraria. El punto a su favor y el motivo de que recurriese a este artículo es que según él, para poder ser condenado por prevaricación, debería haber cometido un acto esperpéntico que ningún jurista podría defender. Sin embargo, Garzón contó en todo momento con el apoyo del Ministerio Fiscal. Los fiscales anticorrupción sostuvieron en todo momento que las escuchas eran legales y pidieron su absolución.

    También atacó directamente a los magistrados Manuel Marchena y Luciano Varela, acusándolos de tener prejuicios contra él por haberle investigado en las otras dos causas abiertas que tenía, la de los cursos de Nueva York y la de los crímenes del franquismo, respectivamente.

    El Constitucional, de mayoría progresista, rechazó el recurso de amparo en noviembre del mismo año con un portazo breve y contundente: inadmitió la demanda por ‘manifiesta inexistencia de violación de un derecho fundamental‘, avalando tácitamente la tesis del Supremo de que la Ley Penitenciaria era clara y no admitía la interpretación de Garzón. Además, el poder judicial tiene una vinculación positiva con la legislación, es decir, a diferencia de los ciudadanos, solo pueden hacer aquello que la norma les permite expresamente.

    Tras agotar todas las vías legales en España, con la sentencia ya firme y definitiva, acudió en 2013 al Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo con un argumentario similar. Alegó que la condena era arbitraria y que debido a que fue juzgado directamente por el Supremo, no tuvo oportunidad de acudir a una segunda instancia que revisase su sentencia. 

    El golpe fue durísimo. Estrasburgo inadmitió su demanda en el año 2015, afirmando que sus quejas eran manifiestamente infundadas y que la condena en España cumplía los estándares de un juicio justo.

    Con ya todo prácticamente perdido, Garzón se negó a darse por muerto civilmente a pesar de que ya le habían dejado más que claro que había actuado de manera ilegal. Es por eso que un año después, acudió al Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas, un órgano administrativo que no tiene la categoría de tribunal, pero que se convertiría en su única tabla de salvación.

    Tuvieron que pasar cinco años de silencio hasta que, el 25 de agosto de 2021, este Comité emitió un dictamen que lo cambiaría todo: por primera vez en nueve años, un organismo internacional compraba el argumento de Garzón, afirmando que el Tribunal Supremo español había actuado de forma arbitraria e imprevisible, vulnerando sus derechos políticos. 

    La base legal que utilizaron fue el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, el cual había sido ratificado por España en 1977, que establece un amplio catálogo de derechos que protegen la autonomía individual frente al Estado, junto con su Primer Protocolo Facultativo, el mecanismo clave que otorga competencia al Comité para recibir la denuncia .

    Según el dictamen, España vulneró tres puntos del PIDCP: el artículo 14.1, al considerar que no tuvo un tribunal imparcial debido a la participación de magistrados «contaminados» por otras causas, el artículo 15, al concluir que la conducta por la que fue condenado no constituía un delito claro en el momento de los hechos (principio de legalidad); y el artículo 14.5, que reconoce el derecho a que la pena sea revisada por un tribunal superior (segunda instancia), algo que Garzón no tuvo al ser juzgado directamente por el Supremo. 

    Este dictamen incluye la obligación para España de borrar la condena, incluidos antecedentes penales, realizar una reparación integral al afectado con una compensación adecuada incluyendo la reincorporación a la carrera judicial y una obligación de no repetición, lo que implicaría modificar la Ley Orgánica del Poder Judicial y la Ley de Enjuiciamiento Criminal para que los aforados tengan derecho a una segunda instancia.

    Dictamen en mano, Garzón acudió una vez más al Tribunal Supremo para solicitar la revisión de su condena. La respuesta fue un no rotundo, argumentando que, al no tratarse de una resolución de un organismo judicial, no es vinculante, por lo que no están expresamente obligados a aplicarla, afirmando que la condena ya es cosa juzgada. 

    A partir de este punto es donde entra en juego el Proyecto de reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Dentro del propio texto, el artículo 762.2 recoge textualmente: “Asimismo, se podrá solicitar la revisión de una resolución judicial firme cuando por alguno de los comités de Naciones Unidas se hubiese declarado la violación de alguno de los derechos reconocidos en los respectivos convenios y sus protocolos, que hubiesen sido ratificados por España, siempre que la violación, por su naturaleza y gravedad, entrañe efectos que persistan y no puedan cesar de ningún otro modo que no sea mediante esta revisión”. Mediante este punto se estaría dando fuerza ejecutiva a organismos internacionales que carecen de jurisdicción alguna en el marco legal actual. 

    Pero el blindaje va más allá: el siguiente apartado del mismo artículo faculta expresamente a la Abogacía del Estado para intervenir en el proceso e informar sobre la ejecución del dictamen. De esta forma, el Gobierno se asegura una doble vía de intervención en la revisión de sentencias: a través de la Fiscalía y a través de sus propios servicios jurídicos.

    A pesar de todo, tras examinar el proyecto de ley, me he topado con un importante problema de cara a la aplicación en el caso Garzón. El propio art. 762.2 establece al final que la solicitud de revisión debería formularse en el plazo de un año desde la emisión del dictamen. Al tratarse de una resolución del año 2021, en un principio la resolución no podría ser utilizada para solicitar recurso por encontrarse fuera de plazo. A su vez, el proyecto de ley, en su última versión hasta la fecha (noviembre 2025) carece de una disposición transitoria específica que regule la retroactividad de este plazo para dictámenes anteriores a la norma. 

    Para resolver este puzle hay dos piezas que encajan. La primera opción sería añadir una disposición transitoria para poder aplicar la norma a los dictámenes anteriores a la aprobación de la ley. Sin esa disposición, existe una segunda opción que sería un poco más complicada e implicaría un proceso judicial largo. Consistiría en la invocación de uno de los principios fundamentales del derecho: el actio non nata non praescribitur que se traduciría como “la acción no nacida no puede prescribir”. Si Garzón se acogiese a este principio, su línea de defensa podría ser la siguiente: ante la imposibilidad del ejercicio, tendría que afirmar que tiene derecho a una posibilidad legal de ejercer la acción al no haber un cauce legal para pedir la revisión de su caso. 

    Para blindar este argumento, tendría que acudir a la Constitución. Por un lado, al artículo 24.1 (Tutela Judicial Efectiva), alegando que imponer un requisito de imposible cumplimiento le cierra el acceso a la justicia. Y por otro, y aquí radica la ironía final, al artículo 9.3, reclamando seguridad jurídica e interdicción de la arbitrariedad. Sería un ejercicio de aritmética endiablada: acusar de arbitrariedad a los mismos poderes públicos que estarían creando un cauce legal a su medida, para exigirles que ese cauce sea, al menos, transitable.

    Nos encontramos en la cumbre de esta montaña legislativa que nos ha tocado escalar hoy. Llegados a este punto sólo cabrían dos escenarios: uno en el cual el Supremo, acorralado por la nueva norma, falla en favor de Baltasar Garzón y otro en el que, tras la previsible resistencia del Alto Tribunal, Cándido Conde-Pumpido, el Tezanos de la judicatura, le esperase con los brazos abiertos en el Constitucional, listo para devolverle la toga.

  • El poder del escaño ¿A qué se aferra el bloque de Gobierno?

    El poder del escaño ¿A qué se aferra el bloque de Gobierno?

    Ni Rubio, ni Duval. Maquiavelo sigue siendo hoy el consultor político más influyente de Madrid. La diferencia es que, en el Renacimiento, la mentira no era otra cosa sino un arte de culto y ahora es, simplemente, una chapuza sin disimulo. Querido lector, estamos asistiendo a la agonía de un gobierno que parece ya terminal. Sinceramente, esto no me produce el menor asombro, hace ya tiempo que la legislatura se parece más a Santiago Nasar que a un ciclo de los órganos legislativos. 

    Lo que sí resulta sorprendente es ver a absolutamente todos los partidos que forman parte del gobierno, que no son pocos,  justificando a su manera la continuidad del mismo con la llegada del “fascismo” de un gobierno formado por la derecha. 

    Del Partido Socialista no es de extrañar. Somos espectadores del espectáculo dantesco que nos están brindando, con actos memorables como pueden ser su propia cloaca inundándose, dejando subir el agua de la financiación ilegal hasta la asfixia, o esos hombres fuertes de la organización, ayer superhombres, convertidos ya en “ese señor del que usted me habla” llegando incluso a la creciente sospecha de existencia de un “cerbero” engendrado por Sánchez, Bono y Zapatero, moviendo los hilos de un infame entramado criminal al amparo del Grupo de Puebla y de la mano del régimen chavista, junto a esos personajes, cada vez más conocidos, íntimos de estos tres individuos, como pueden ser Susana Sumelzo, Baltasar Garzón, Koldo García o Raúl Morodo.

    Sin embargo, es posible que no salten tanto a la vista los intereses de los socios que mantienen con soporte vital este capítulo tan oscuro de nuestra democracia.

    A mi parecer, la condena del Fiscal General fue el momento donde quedó en evidencia la falta de interés real en dejar caer a Sánchez. La hipocresía tiene un límite: uno puede amenazar mucho, fingir indignación y desmarcarse de la corrupción del partido de al lado. Ahora bien, cuando un cargo como el de García Ortiz , nombrado por el Gobierno para perseguir delitos, fue condenado por cometerlos, la respuesta de los socios fue reveladora. Lejos de exigir responsabilidades, se vieron obligados a atacar de manera crudivorista tanto el proceso judicial como el fallo, sin conocer siquiera la sentencia. Ahí quedó patente la verdad: nadie en el Gobierno se encuentra en condiciones de dejarlo caer.

    ¿Pero por qué esto es así? ¿Por qué se sigue apuntalando este circo? La mejor forma de entenderlo es desgranar el asunto, analizando a cada socio. Empezando por Bildu, pasando por Esquerra, Podemos y Sumar, hasta llegar a quienes operan con un programa distinto, como el PNV o Junts.

    En lo que respecta a los abertzales, la ecuación es evidente. Nunca antes se habían encontrado ante semejante oportunidad para ejecutar su agenda y, de paso, blanquear su imagen como brazo político heredero de ETA. El canje ha sido más que exitoso: votos en Madrid a cambio de poder territorial en Navarra y el País Vasco. La amenaza de una alternativa PP-VOX, con la consecuente ruptura de pactos y el retorno a la irrelevancia institucional, es incentivo suficiente para mantener a este gobierno con respiración asistida, cueste lo que cueste. Además, la estrategia es rentable: lejos de desgastarse, cada día le comen más terreno a los de Aitor Esteban.

    Dentro del separatismo de izquierdas, en el frente catalán, se encuentra ERC, que se disputa con Podemos, la maestría de la indignación escenificada: muy críticos con las miserias del Ejecutivo, con un Rufián que sube a la tribuna apelando a la vergüenza ajena y al estupor de compartir sábanas con una organización cercada por la corrupción. 

    Su permanencia la justifican apelando al mantenimiento de la legislatura de los “avances sociales” con frases banales como “una familia, una vivienda”, sin una sola propuesta real que contribuya a mejorar la vida de los catalanes ni mucho menos de los españoles. 

    No obstante, esta defensa tiene un interés oculto y su moralidad, un precio de mercado. No están dejando pasar el tiempo a ver si escampa la tormenta; están aguantando la respiración y tapándose la nariz mientras tratan de cobrar la factura de la financiación singular. Supongo que para la organización la dignidad no pesa más en la balanza que sus propios bolsillos.

    El partido de Ione Belarra, cuya estrategia se dicta en remoto desde el estudio de Canal Red y no desde el escaño, se encuentra en una situación complicada. No escatiman en crítica ni desprecio al PSOE. Aun así, para Podemos ahora mismo forzar un adelanto electoral supone una “ruleta rusa”. 

    Por una parte, existe la posibilidad de que ante el descontento popular con Partido Socialista y Sumar, sean capaces de captar a un relativamente amplio sector de sus votantes, volviendo a la relevancia institucional, perpetrando así su venganza contra Yolanda Díaz por relegarles al “gallinero” del grupo mixto. Por otra, existe la posibilidad de que el miedo inducido de la llegada de la derecha al poder, provoque que el voto de izquierda se concentre en el gran partido, castigando al resto y llevando a los morados, definitivamente, a la no representación parlamentaria. 

    En un principio este segundo escenario podría parecer más improbable, pero es que aunque no ocurriese así, el hecho de forzar este cambio total de ciclo, podría castigar en las urnas a la organización, por ser la “culpable” de facilitarlo. Para ellos, lo más fácil es seguir ladrando mucho, y no hacer absolutamente nada, porque lo que es claro es que en lo que respecta a la organización, no hay atisbo de integridad al que apelar.

    No se podía concluir el repaso del ala izquierda de este ángel caído si no era con la marca amortizada por excelencia de la legislatura, Sumar. La coalición política encabezada por Yolanda Díaz ha demostrado ser poco más que el socio ornamental del Partido Socialista, un mero apéndice dócil del mismo cuyo proyecto político ha sido hacer el ridículo en antena y mantener a toda costa las cinco carteras ministeriales que les fueron asignadas a cambio de no hacer mucho ruido. Que no le sorprenda a nadie ver ahora a Enrique Santiago y compañía afirmar que las cosas no pueden seguir así, no es más que un intento inane de brindar al partido una imagen de firmeza, que ha quedado neutralizada ante el desprecio con el que su socio de gobierno ha despachado una reunión en la que ni siquiera se presentó un solo ministro socialista. 

    Dejando a un lado el romanticismo antifascista, ahora toca hablar del verdadero negocio político, que más bien poco tiene que ver con ideología.

    Por un lado tenemos el PNV, los viejos nobles de la política vasca, hoy más bien hidalgos que parecen tener más motivos para mantener el gobierno que para dejarlo caer. Hace ya un mes conocíamos a través de un informe de la UCO, que los jeltzales tendieron la mano a Sánchez en 2018 a cambio de mantener a Javier Cachón en la dirección de evaluación de medio ambiente y la cesión de un cargo importante en ADIF y otro en la SEPI. Esta fue la entrada a pagar para dar pie a una relación que ha degenerado en una dependencia tóxica. 

    Y es que en Sabin Etxea saben que el oxígeno electoral se les agota. Con los de Otegui comiéndoles la tostada en Euskadi, ya no viajan a Madrid a conseguir transferencias históricas para lucirse, sino a mendigar influencia y tratar de colocar peones para mantener su red clientelar. Sostienen a Sánchez no por convicción política, sino por puro pánico. Fuera de este gobierno, el frío de la irrelevancia es mortal para un partido acostumbrado a ser el perejil de todas las salsas.

    Por el otro y para terminar la lista, tenemos a la joya de la corona de espinas del Sanchismo, a Junts Per Cat. El enfoque del PNV y el de los de Puigdemont es bien distinto. Mientras los vascos actúan por el pánico de la irrelevancia, los otros operan bajo la lógica del chantaje puro. Los intereses de esta burguesía catalana pasan por tener sometido al ejecutivo ante su debilidad y agonía por su corrupción para desguazar la soberanía nacional al precio de nada más y nada menos que siete votos. 

    Ahora parece que han roto con el gobierno, sin embargo este movimiento no responde a otra cosa sino al crecimiento en las encuestas de Aliança Catalana, tras quedar patente que estaban dejando de marcar el compás en la orquesta parlamentaria, en un intento de apretar las tuercas al ejecutivo para que cumplan los acuerdos firmados. 

    Y este es el bloque que nos gobierna, un bloque nefasto representación, no de los españoles, sino de lo más canceroso de la política. Formado por unos individuos egoístas, desesperados por seguir sintiendo el calor del coche oficial frente al yermo que les espera fuera del poder. Porque no les queda absolutamente nada más, ya no hay ninguna posibilidad de escribir historia alguna que les absuelva, ese tiempo ya pasó, ahora lo único que les queda es un presente que exprimir.

  • El crujir de la España democrática:

    El crujir de la España democrática:

    Nos encontramos al cierre del primer cuarto del siglo de “las democracias consolidadas”, y yo, personalmente, me veo en la necesidad de hacer una reflexión de puertas para dentro y tratar de repasar cómo ha evolucionado este modelo en mi propia tierra a lo largo de todo este tiempo.

    El ambiente que se respira en España es pesado, y esta situación preocupa a más que a una simple minoría de alarmistas. Causa tristeza ver cómo lo que alguna vez se construyó sobre el consenso y la estabilidad parece tambalearse bajo el peso de la polarización, la desconfianza y la, cada vez más habitual, instrumentalización de la política y de las instituciones. Si ya es grave este deterioro, aún más severas son las consecuencias que tiene para el español de a pie, que se ve obligado a asistir, como mero espectador, a un escenario de confrontación constante y decisiones que raramente parecen responder a sus intereses.

    Encontrándonos en este punto, la pregunta es clara: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Si pretendemos entender la situación actual, es necesario remontarnos hasta la raíz. 

    Con el fin de alcanzar este nuevo modelo democrático, España tuvo que emprender un complejo proceso de desmantelamiento del régimen anterior, aquel que se creía “atado y bien atado”, y que había condicionado al país durante casi cuarenta años. Esta ardua tarea requirió voluntad política, consenso entre fuerzas muy diversas, la construcción de instituciones capaces de garantizar una transición pacífica hacia un sistema democrático y la voluntad de una sociedad dispuesta a dejar atrás su pasado y avanzar hacia un futuro con esperanza. Y, finalmente, tras mucho trabajo, esto se consiguió. Pasamos de ser denostados por el retrogradismo de nuestro sistema político a convertirnos en todo un ejemplo en Europa y buena parte del mundo en materia de evolución política, y con la Constitución como texto que sentaría la base jurídica y política del nuevo Estado democrático.

    Sin embargo, aquel edificio institucional que tanto nos costó levantar ha demostrado no ser inmune a la acción e inacción de sus propios herederos. A pesar de que, durante décadas, ofreció una estabilidad razonable, hoy se ve seriamente amenazado por la incapacidad de gestionar adecuadamente los desafíos que ha traído el paso del tiempo.

    La década de los 2000 comenzó con la llegada del euro a España y con la prosperidad alimentada por el negocio de la construcción, que creó un espejismo a nivel social y, especialmente, en el escalafón político, el cual fue aprovechado por algunos para llevar a cabo diversas tramas de corrupción urbanística, entre otras. Esto, a su vez, provocó que los políticos no se encargasen de corregir las desigualdades y desequilibrios que hicieron a España un país dependiente del ladrillo y que haría que todo estallara por los aires a finales de la década. Por otro lado, el destino de España cambió para siempre el 11 de marzo del 2004, con los atentados perpetrados aquel día en la capital. Estos ataques provocaron un vuelco electoral total a tres días de las elecciones generales, dando la sorpresa el Partido Socialista y con el ascenso de Zapatero al poder como consecuencia.

    Su gobierno llevó a cabo un giro de ciento ochenta grados respecto a la etapa de Aznar, tanto en política exterior, retirando el apoyo a los americanos en el conflicto de Oriente Medio, como en el ámbito interno. Si bien es cierto que llevó a cabo la aprobación de leyes como la del Matrimonio Igualitario o la Ley de Dependencia, en el año 2007 aprobó la que ha sido una de las leyes que más polarización ha traído a nuestro país desde la Transición: la Ley de Memoria Histórica.

    Lejos de servir como un instrumento de unión, dicha ley introdujo un nuevo eje de confrontación en la vida pública española, trayendo de vuelta la España de los vencedores y vencidos. En lugar de fortalecer el espíritu de reconciliación que había guiado los pactos durante la Transición, la ley alimentó un clima de señalamiento ideológico y de revisión interesada del pasado con interés electoral. En definitiva, el Gobierno utilizó la memoria histórica no como un recurso para cerrar definitivamente las heridas, sino como una herramienta política para dividir, reabrir debates ya superados y reconfigurar el relato nacional desde criterios partidistas.

    A este clima de creciente confrontación se sumaba otro elemento especialmente sensible: el terrorismo de ETA. Aunque su cese definitivo no llegaría hasta años después, en aquellos años la banda se encontraba más relajada, con atentados mucho menos frecuentes y de menor envergadura. No obstante, la gestión política del conflicto, entre procesos fallidos de diálogo, tensiones entre partidos y un uso frecuente del tema como arma partidista, contribuyó aún más a deteriorar la confianza en la clase política. La sociedad española se empezó a encontrar cada vez más cansada, dividida y con la sensación de que sus representantes parecían más pendientes de ganar el relato al otro que de ofrecer soluciones. En este momento, nos adentramos en el final de la década de los 2000, en la mayor crisis económica de nuestra historia reciente.

    El año 2011 marca un punto de inflexión en la política pública española, cuando Rajoy fue elegido como presidente del Gobierno. Su mandato coincidió con el golpe más duro de la crisis económica europea, que sumió a España en una profunda recesión y dejó a nuestro país en una situación muy delicada, estando marcada su presidencia por el inicio de un gran cambio económico, con medidas duras y muy impopulares, pero necesarias para rescatar al país de la crisis.

    Sin embargo, estos primeros años no solo estuvieron marcados por el aspecto económico, sino también por las consecuencias políticas de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, que reactivó el independentismo catalán y dio el pistoletazo de salida al procés, así como por los casos de corrupción llevados a cabo durante la etapa de gobierno del Partido Popular en los años anteriores, que, en ese momento, ya comenzaban a judicializarse. Esta combinación empezó a generar un clima de desconfianza en las instituciones, preparándonos para un periodo de crispación y confrontación cada vez más evidente.

    Fue precisamente este descontento el que cristalizó en el movimiento del 15-M. Durante aquellos días, no solo se dejó entrever la indignación en materia económica de una parte importante del pueblo español, sino que fue un movimiento que simbolizó una enmienda a la totalidad del sistema de partidos, rompiendo con el bipartidismo bajo la consigna del “no nos representan”.

    Durante los años siguientes, la tensión territorial se disparó. El procés evolucionó rápidamente de una demanda estatutaria a un choque frontal contra el Estado, reventando el 1 de octubre del 2017 con el referéndum ilegal. La gravedad del desafío institucional acabó requiriendo la aplicación inédita del artículo 155 de la Constitución, interviniendo la autonomía catalana. Aquellas jornadas, marcadas por la desobediencia institucional y las cargas policiales, simbolizaron la quiebra emocional de una parte de la sociedad con el Estado y certificaron el fracaso del diálogo político. Ante esta incapacidad, finalmente, no hubo más remedio que delegar la solución del conflicto en los tribunales.

    Esta judicialización de la vida pública trajo consigo una contrapartida inevitable: la politización de la Justicia. Al convertir a los tribunales en el escenario donde se dirimían las disputas políticas, el control de sus órganos de gobierno se volvió un objetivo estratégico de gran importancia, tanto para el PP como para el PSOE. Fue así como instituciones clave, como el Consejo General del Poder Judicial o el Tribunal Constitucional, pasaron a sufrir un desgaste sin precedentes. El sistema de elección de vocales, cuestionado ya desde los años 80 con la reforma de Felipe González, mostró en esta etapa su lado más sombrío: bloqueo en las renovaciones y la triste sensación de que la cúpula judicial se había transformado en una trinchera más de la batalla partidista.

    Sin embargo, no sería hasta mayo del 2018 cuando se produciría el terremoto definitivo que terminaría de echar por tierra la etapa de gobierno del Partido Popular, con la sentencia de la Gürtel. Dicha sentencia, además de imponer duras penas de prisión a, entre otros, el empresario Francisco Correa, Pablo Crespo, exsecretario de Organización y número dos de la red, y Luis Bárcenas, extesorero de la organización, incluiría la demoledora afirmación de que el partido había sido partícipe “a título lucrativo” de la trama.

    Aun sin que la Audiencia Nacional pudiese confirmar la comisión de delitos de corrupción y otros ilicitos penales por parte del partido, la oposición, encabezada por el secretario general del Partido Socialista y actual presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, consideró que existía un motivo de peso suficiente como para presentar una moción de censura contra el entonces presidente, Mariano Rajoy.

    La defensa de aquella iniciativa, planteada bajo la insobornable bandera de “la regeneración democrática”, recayó sobre los hombros de José Luis Ábalos, entonces secretario de Organización y hombre fuerte del partido. Resulta estremecedor, visto con la perspectiva del tiempo, recordar la vehemencia con la que se exigieron responsabilidades desde la tribuna por parte de quien hoy se encuentra en prisión preventiva, precisamente acusado de cohecho, tráfico de influencias y pertenencia a organización criminal. Aquella sesión parlamentaria no solo supuso el fin político de Mariano Rajoy, sino que cristalizó una alianza heterogénea que unió, mediante un nefasto cordón umbilical, al Gobierno con fuerzas independentistas y al populismo de los pupilos de Caracas. Ha sido el inicio de una etapa de aritmética endiablada donde todo vale para mantenerse en el poder. 

    Esta deriva alcanzó su cénit moral con la aprobación de la Ley de Amnistía. Alejada de cualquier intento de concordia, esta ley se reveló como lo que verdaderamente es: una compraventa de votos, borrando delitos graves a cambio de siete apoyos para la investidura. Una transacción profundamente humillante para el Estado en su conjunto que vino acompañada de la mano del blanqueamiento sistemático de EH Bildu. Este Gobierno no ha tenido ningún reparo en pactar la gobernabilidad de la nación con el brazo político de ETA, normalizando a quienes nunca han condenado la violencia y otorgándoles el papel de socios preferentes, una traición imperdonable a la memoria de las víctimas.

    Y aquí nos encontramos, en las antípodas de aquella prosperidad y fraternidad nacional. La realidad actual es la crónica de una degradación sin precedentes: un Gobierno que llegó al poder izando la bandera de la regeneración y que hoy se encuentra más cerca que lejos de finalizar su ciclo bajo sospecha en todos los frentes. Hemos rotado de la promesa de ejemplaridad a la colonización obscena de las instituciones, con una Fiscalía General del Estado convertida en trinchera partidista y con su titular, ineditamente, encausado y condenado por el Supremo. Pero la gangrena se extiende mucho más allá, alcanzando el entorno más íntimo del presidente, con su hermano y mujer imputados, y destapando una trama voraz encarnada por Koldo García y José Luis Ábalos. Una red que, bajo la supervisión de la fontanería de Ferraz y figuras como Santos Cerdán, apunta, ya no sólo al lucro personal, sino al fantasma de una posible financiación ilegal.

    Todo este deterioro ha sido posible gracias a una mutación fundamental: la desaparición del Partido Socialista para dar paso al «Partido Sanchista», con el Manual de Resistencia como manifiesto fundacional. Una estructura vertical y cesarista en la que la crítica interna ha sido purgada y sustituida por una extensa red de influencia que blinda al líder. Un sistema en el que un coro sincronizado de ministros, tertulianos y terminales mediáticas afines se dedica, día tras día, a justificar lo injustificable y a normalizar el escándalo como herramienta de supervivencia política.

    Pero, si la quiebra institucional es grave, aún más sangrante resulta la quiebra moral y económica. Porque la factura de la fiesta de Sánchez, tiene un coste inmenso que pagamos todos los ciudadanos. Mientras se multiplican los ministerios, los asesores y el gasto político superfluo para mantener engrasada la maquinaria del poder, la deuda pública asfixia a las futuras generaciones, y las familias ven cómo su poder adquisitivo se desploma. A su vez, el autoproclamado «Gobierno más feminista de la historia» ha visto cómo su relato se hacía añicos ante la realidad de sus propios cuadros. Resulta sonrojante mantener esa etiqueta cuando en las filas socialistas han operado personajes como José Luis Ábalos, Paco Salazar, Koldo García, José Tomé o Antonio Navarro, cuyos comportamientos representan todo lo contrario a la ejemplaridad que predicaban. Han demostrado que, tras los eslóganes morados y las lecciones de moralidad pública, se escondía una forma de entender el poder rancia, hipócrita y machista. Es el triste retrato de un ciclo ignominioso: un proyecto político devorado por sus propias contradicciones y por una corrupción que, al final, lo ha manchado todo y ha dejado a España en una fragmentación que ya es norma moral.