12 de Octubre: todo que celebrar

Ayer, 12 de octubre, tuve la mala suerte de pasar uno de los días más importantes del año para nuestro país encerrado en el estrecho asiento de un autobús, con fiebre y sudores fríos. Aunque a priori podría parecer una jornada sin nada que celebrar, un encierro así da pie a un largo, por no decir eterno, rato de divagación. El contexto perfecto para reflexionar sobre qué cosas positivas se pueden extraer cuando te encuentras en un escenario tan penoso. 

El caso es que esa meditación me llevó a la conclusión de que el catálogo de motivos para celebrar es infinito; y no solo en un día señalado en el calendario, sino durante todo el año. La mayor prueba de ello es que gran parte de esa riqueza que nos hace tan afortunados se escapa de nuestro alcance, siendo imposible empaparnos de toda ella en una sola vida. 

Es precisamente por eso que siento casi como un deber plasmar esos motivos por los que la consigna “12 de Octubre, nada que celebrar” no puede estar más alejada de la realidad en la que vivimos.

Y es que en un día llamado el Día de la Hispanidad sería un delito no acordarse de los lazos culturales que nos vinculan a personas tan diferentes a nosotros y, a la vez, tan iguales por la lengua que compartimos. Como españoles tenemos la responsabilidad moral de entender y dar testimonio de cómo la presencia de España desde finales del siglo XV hasta el fin del proceso de descolonización fue, sin duda, el modelo más saludable y enriquecedor de todos los que se llevaron a cabo en este y en cualquier otro continente. No haber sido capaces de ello hasta el día de hoy es lo que ha permitido la difusión y el enquistamiento de la Leyenda Negra, emponzoñando nuestro legado en favor de potencias rivales como la británica o la francesa, cuyo único afán real fue siempre el extractivismo cuasi pirata. 

También es esencial darnos cuenta de la fortuna que es no haber sido capaces de manera individual de abarcar todo lo que nos rodea. No haber tenido el tiempo suficiente de leer y releer la inmensa lista de obras magistrales que nos dejaron los grandes y célebres escritores de nuestra tierra, no haber visitado las suficientes veces el Museo del Prado, ni habernos asomado aún a la inmensidad de la Alhambra de Granada, a la Sagrada Familia o a la cuna de nuestra historia en Covadonga. Pasa igual con lo cotidiano: ser conscientes de que no hemos recorrido ni la mitad de las calles de Toledo, que seguimos posponiendo ese viaje para hacer una ruta distinta del Camino de Santiago como el Primitivo o quizás el Portugués, o que nos quedan cientos de paisajes que contemplar, platos por probar y bares que visitar a lo largo y ancho de nuestra geografía. Esa sensación constante de que España nos viene grande es la demostración definitiva de nuestra riqueza. 

Por último, es de recibo agradecer que esta inmensa herencia compartida esté protegida por instituciones que, con sus defectos, están demostrando hoy más que nunca que la defensa de una España libre es posible por muy amenazada que parezca. Esa firmeza contribuye de manera providencial a que este próximo noviembre tengamos la oportunidad de despertar del sueño febril en el que se encuentra inmersa nuestra actualidad. Es el momento de recuperar la normalidad para elevar el debate. Dejar de centrarnos en cómo quitarle el cepo a un sistema paralizado y volver a poner sobre la mesa cómo perfeccionar nuestros engranajes democráticos y acercar las instituciones a quienes las sostienen.