Domingo en Moncloa: ultimátum a Sánchez

Domingo en Moncloa. Se avecina el conticinio más irrespirable de los últimos años. Solo un pequeño círculo cerrado sabe realmente qué le espera al español de a pie a partir de mañana. Es, posiblemente, el día de mayor expectación en España desde aquel lunes 29 de abril de 2024, cuando concluyeron los cinco días de reflexión de Pedro Sánchez a raíz del comienzo del proceso judicial contra su esposa.

No creo que nadie ajeno a dicho núcleo duro pueda afirmar siquiera con total certeza que esto haya sido un finde de reflexión y examen de conciencia de Sánchez. Un tiempo en el que decidir su futuro próximo y en el que responder a la pregunta “¿Qué dirá de mí la historia?” que él mismo le formuló a su exministro de Cultura, Màxim Huerta. La sospecha de que sus motivaciones son otras estaría bastante fundada, ya que cabe recordar que su última reclusión filosófica derivó en la activación de una cloaca afiliada al narco para perseguir a jueces, fiscales, periodistas y miembros de los Cuerpos de Seguridad del Estado, en especial de la Guardia Civil. 

Sin embargo, esta vez es diferente. Si por aquel entonces lo que se planteaba era una forma de supervivencia de cara a los procesos judiciales en la primera mitad de una legislatura, ahora que nos encontramos en el final de la misma, la jugada cambia. De lo que se trata es de decidir si es hora de poner toda la carne en el asador y jugarse todo en un pulso contra una oposición política a la que los sondeos le atribuyen una mayoría por encima de los doscientos escaños, o seguir el camino de Sancho. Una quijotización en la que sentarse a esperar a que su nefasto horizonte judicial quede anulado por un golpe de suerte. 

Y es que en el punto en el que nos encontramos, todos los diques de contención ya se han quebrado. El desgaste político acumulado en estos últimos años, a causa de unas miserias que parecíamos sufrir en solitario, ha hecho mella. A esto hay que sumarle la promesa incumplida de la legislatura de la vivienda. Su retrato en el Congreso, con la caída de los infames decretos “Mari” y “Carmen”, ha marcado un antes y un después en el ala izquierda del Estado español. Resulta irónico que nada de lo que hemos vivido desde el 23J haya sido suficiente; merecen especial mención la Ley de Amnistía, la Dana de Valencia, la condena en firme a García Ortiz o a Ábalos, el accidente de Adamuz, la invasión de Ceuta o la propia Ley de Nietos. Pero el caso es que la izquierda se encuentra en movilización permanente y ya se atreve a señalar directamente al Ejecutivo. Lo hacen, eso sí, con la boca pequeña y bajo la proclama de “Gobierno progresista, amigo del rentista”, mientras políticos del ala opuesta como Ayuso o Abascal siguen cobrando el mayor protagonismo en sus críticas. 

Llegados a este punto, quienes ya estamos acostumbrados a este cuervo con delirios de ave fénix sabemos bien que su final no será inmolarse en el búnker. Por eso, que nadie espere mañana a un presidente agazapado esperando a que escampe; elija el adelanto electoral o un último órdago institucional, la respuesta será una ofensiva total. Caerá matando, con el cuchillo entre los dientes y aferrado a su consigna de siempre: “Ladran, luego cabalgamos”.